A MI MANERA

Noviembre 11, 2008 at 1:52 am (EN TORNO A MÍ MISMA) (, , , )

Hace dos años, en mis visitas a un psicólogo en Gijón, le comentaba un día a propósito de mis recuerdos acerca de mi más tierna infancia que cuando me retrotraigo hasta los dos o tres años de edad la sensación que me embarga es la de una niña alegre para la cual la vida era un juego maravilloso en el que no había límites para ella. Tal vez un poco en plan irónico, él me contestó que “vaya beautiful”; no me extraña. Debe ser bastante chocante escuchar a alguien decir algo así; pero realmente es así como yo lo viví. Recuerdo que a esa edad no tenía en absoluto ningún tipo de limitación; yo veía hacer algo a alguien e inmediatamente me ponía a hacerlo yo, pues el que otra persona lo hiciera era garantía suficiente para mí de que yo también podía. Así aprendí a hacer alguna pirueta de ballet, a esquiar con tres años, a nadar con tres años también… Nunca hubo nada a esa edad sobre lo que yo pensara que no sería capaz de poner en práctica. La vida era un juego sencillo, maravilloso, distinto todos los días…

Me gustaba aprender algo nuevo cada día, disfrutaba con la vida, conmigo misma, con el mundo que me rodeaba. Las clases en el parvulario eran divertidas, porque aprendía a velocidad de vértigo y la profesora estaba encantada conmigo. Para los compañeros yo era la lista ya de bien pequeñita, y para mis padres, mi familia, mis vecinos…

Cuando comencé la EGB las cosas siguieron siendo igual; yo iba muy por delante de mis compañeros, hasta el punto de que los profesores decidieron, con el beneplácito de mis padres, promocionarme a un curso superior más acorde con mis capacidades. Así fue como, llevando poco tiempo- tal vez menos de un mes- en el primer curso de EGB, me pasaron a segundo a la vez que a un niño de segundo le pasaban a primero. Llegué, pues, tarde al segundo curso, pero aún así seguí siendo la lista de la clase. Tenía un compañero, también estudioso, con el que me sentaron en el pupitre; cuando yo acababa antes que él se enfadaba, lloraba y me daba patadas por debajo de la mesa… Cuando hacíamos muy bien un ejercicio, el profesor- un hombre mayor, enjuto, que se murió poco después- nos hacía salir al estrado para que el resto de los compañeros nos aplaudieran- ¡Jesús, qué tiempos aquellos tan ñoños y tan absurdos!-.

De esos años también recuerdo que cuando hablaba con los mayores, yo no me sentía en absoluto una niña; hablaba con ellos de tú a tú, sin tener conciencia para nada de que entre ellos y yo hubiera ningún tipo de diferencia, pues yo me sentía a su mismo nivel…

Así a primera vista puede parecer muy beautiful, como decía el psicólogo, pero pronto descubrí que no lo era tanto. Esta manera mía tan peculiar de vivirme hacía que me comportara de una forma que para nada era la que la rígida educación de entonces- por lo menos en mi casa- consideraba la apropiada para una niña de mi edad, cosa que pronto empezó a acarrearme problemas en forma de castigos físicos. De repente un día yo decidía que quería hacer algo, algo que yo consideraba que estaba perfectamente capacitada para hacer, y sin consultarlo con mis padres al momento lo realizaba; era tan consciente de mi propia autosuficiencia, de mi autonomía, que ni por un momento me planteaba la idea de que tuviera que pedir permiso para hacerlo. Esto, claro está, no era lo que mis padres pensaban, y a pesar de que las cosas que hacía no eran travesuras malvadas ni dañinas, sino cosas normales, los castigos empezaron a ser cada vez más continuados…

Poco a poco, a fuerza de golpes y de maltratos desproporcionados, esa niña alegre y capaz fue desapareciendo bajo el miedo cerval a los terribles castigos que padecía… Esa fuerza y ese poder que me habían acompañado desde que tenía uso de razón fueron dando paso a un carácter temeroso, sumiso, siempre asustada, siempre atenta a no cometer ninguna torpeza que me acarreara la temible paliza que tanto miedo me daba.

De ahí en adelante fuí desapareciendo de mí misma, desconectando de mi propio yo enterrado bajo una espesa capa de miedo. El tiempo pasaba y mi persona cada vez se alejaba más y más de lo que en tiempos había sido; cada año era una vuelta de tuerca más en esa espiral de destrucción en la que sin saber y sin querer me había metido.  Y de ahí a la anorexia que a los diecisiete años me sirvió para rebelarme, para tomar el control de una vida que desde muy pronto había dejado de pertenecerme. Y el miedo, un miedo difuso, no percibido por mí; miedo a ser yo misma, porque eso precisamente era lo que más me había hecho sufrir. Mediante la anorexia recuperé un cierto control sobre mi vida, al tiempo que ponía en práctica mi sensación de no tener derecho a vivir, de no tener derecho a esa vida que tantos sinsabores me había traído; dejé de comer porque no quería estar viva, y la comida fue mi herramienta para hacerlo.

Han pasado ya muchos años desde entonces, he vivido muchas cosas, he sufrido mucho, he llorado; pero también he amado, he conseguido cosas valiosas- entre ellas y fundamentamente tres hijos maravillosos que son la alegría más grande de mi vida y el regalo más valioso que ésta me ha dado- y he dado pequeños pasitos en busca de ese yo infantil, capaz y poderoso, del que tan buenos recuerdos guardo… Tal vez la forma en que lo he hecho no haya sido muy coherente, muy racional, tal vez un tanto extraña; pero lo que cuenta es que lo he hecho y he llegado hasta aquí, a mis cuarenta años, cada vez más cerca de conseguir recuperar la alegría y la potencia de mis primeros años. En el fondo lo que cuenta es el final, no la forma de hacerlo…; porque en realidad lo he hecho ” A MI MANERA”.

“A MI MANERA”, Julio Iglesias y Paul Anka.

HEAVEN'S EYE MANDALA

HEAVEN'S EYE MANDALA

Permalink 6 comentarios