LA SOMBRA


Sarah Brightman, Classics, “La luna”

La sombra

La sombra

Fotografía tomada por Ángel Pino Pérez desde el balcón de nuestra casa.

 

¿Cuántos años llevarías conmigo?, ¿cuarenta, que son los que tengo?. NO; no creo que cuando fui niña, bebé, ya estuvieras aquí…

¿A qué edad comienza un niño a distinguir entre él y los demás, a diferenciar lo que está bien y lo que está mal, lo que gusta y lo que no, lo que le proporciona el amor y la aprobación de sus padres o lo que le martiriza con la terrible reprobación y los comentarios hirientes?

Pues desde entonces eres mi fiel y desconocida compañera de viaje… Jamás te había visto, no tenía conocimiento de tu presencia ni de tu existencia, pero tú estabas ahí, creciendo a la par que yo y haciéndote por ello cada día más grande.

La primera noticia que tuve de tí fue un dolor enorme, inmenso, un vacío angustioso dentro de mí; pero entonces aún no sabía que eras tú. El mundo que me había sostenido hasta entonces, mi mundo, mis pensamientos, mis deseos, mis sentimientos, de repente me abandonaron sin saber como ni por qué. La zozobra, el desconsuelo, el no saber hacia donde dirigir mis pasos…

Después del impacto inicial me busqué una alternativa, un pobre sustituto de mí misma que me permitiera seguir adelante en el océnao convulso que me rodeaba y me invadía; surgió entonces un yo recompuesto y parcheado al que me agarré con fuerza para no ser tragada por la tempestad que se había desatado en mi interior, como una suerte de tabla salvavidas que me mantuviera a flote. Y asida a esa tabla continué mi rumbo, dando palos de ciego, con la única intención de seguir tirando, sin saber muy bien en qué dirección pero al menos en la superficie de ese mundo conocido del que me daba tanto miedo alejarme.

A lo largo de ese trayecto hubo momentos difíciles y duros pero de todos me fui escapando sin soltarme de mí misma, de ese espejismo que me había creado. Durante el trayecto vivía en la soledad de mi mundo otra vida diferente, otra realidad oculta que me hacía daño, pero de la que no era capaz de prescindir, pues en cierta forma era parte de la tabla de salvación que me manteía a flote. Pero eso era algo que nadie sabía más que yo misma, pues ante los demás me presentaba con ese yo ficticio que me había creado; con los años, esta dicotomía me iba haciendo cada vez más daño, pero no era capaz de desprenderme de ella.

Hace relativamente poco, en una noche amarga de dolor y de locura le puse nombre a esa parte de mí que mantenía escondida: “ansiedad infinita”. Le dí la palabra por un día, le presté mi boca y mi cabeza para que se expresara a través de mí; habló con dureza, con palabras fuertes y malsonantes. Expresó con crudeza eso que yo no quería ver y sus palabas me asustaron, pero también me aliviaron enormemente.

Después he comprendido que esa parte de mí era mi sombra, esa personalidad reprimida por considerarla menos buena y menos aceptable; ese parte de nuestro yo que rechazamos. A lo largo de los años de ir etiquetando y categorizando las distintas opciones de vivir, de acuerdo a elecciones que creemos acertadas pero que en realidad son absolutamente equivocadas, nos vamos construyendo un yo ideal que creemos nos va a garantizar lo bueno y lo bonito que deseamos para nuestra vida, sin darnos cuenta de que en realidad todas las opciones son buenas y que no hay peor cosa que juzgar, que juzgarnos, para conseguir la plenitud de nuestra persona.

Así pues, mi sombra es “ansiedad infinita”, así se llama; y en este momento de mi vida me encuentro dedicada en cuerpo y alma a darle el sitio que se merece, a repararla. Y de paso me reparo a mí también, más bien a eso que creo ser yo pero que tiene poco que ver conmigo…

3 comentarios

  1. Maricarmen dijo:

    Hace poco tiempo que estás en contacto con tu sombra, mirándola a los ojos, a pesar de que te acompaña desde tanto tiempo atrás.

    Una vez una amiga mexicana, mú chamana ella, me contó una historia que me gustó mucho: no venimos solos y desamparados al mundo. Venimos con la compañía de dos perros: el perro del cielo y el perro de la tierra. El perro de la tierra, el perro negro, hecho de sombras, es el que nos defiende (porque durante algún tiempo más algunos necesitaremos seguir defendiéndonos) Pero es un perro mal visto, nos enseñan que es malo. Entonces lo encerramos y no lo dejamos defendernos. Y ya se sabe qué es lo que pasa cuando a un perro uno lo ata, no le da de comer, no le da caricias… se vuelve incluso en contra de su dueño. Conseguir ser amo de nuestro perro negro es la tarea! =)

    Besuchis, reparadora.

  2. hoxingu dijo:

    ¡Qué bonito Maricarmen! La imagen del perro negro me trae a la memoria el recuerdo de una perra que durante muchos años tuvo mi familia; una schnauzzer gigante llamada “Wolfi”, de pelo y ojos negros como tizones de carbón. Era una perra excepcional, pero el trato desastroso que mi familia proporciona a todos los perros que tienen la volvió medio loca… La tuvieron atada durante toda su vida, que fue larga, dándole fatal de comer y negándole cualquier tipo de afecto. Cuando mi marido y yo nos fuimos a vivir a Asturias, cada vez que íbamos a casa de mi madre lo primero que él hacía era acercarse a ella, soltarla, darle de beber y de comer y jugar con ella. Mientras estábamos allí mis hermanos no se atrevían mucho a volver a atarla, así que la perra corría como una loca sin parar, embestía a las personas buscando las caricias que tanto anhelaba pero que tan escasamente obtenía y jugaba y jugaba sin parar con mi marido. A pesar de ser una perra grande, por tamaño y también por edad, se comportaba como una cachorrilla juguetona e impulsiva, y esto fue así hasta los últimos días de su vida; pero a pesar de la vida tan “perra” que mi familia le había dado, su verdadera naturaleza era tan noble y tan buena que jamás se volvió en contra de sus dueños, por el contrario defendía la propiedad y a sus moradores con fiereza… Mi marido adoraba a esa perra, estaba loco con ella, con su nobleza y su valentía: la quería con un cariño puro y noble que la perra correspondía de igual manera; cuando él llegaba a casa de mi madre la perra empezaba a saltar y a brincar aún sujeta a la cadena que la ataba… Los años que vivimos en Gijón mi esposo le hizo la vida feliz y agradable, y cuando se enteró de su muerte lloró con pena por la pérdida. Ahora mismo, al escribir esto, siento que la emoción me embarga y que un nudo atenaza mi garganta…
    ¡Qué bonitos y tristes recuerdos!.

  3. Maricarmen dijo:

    Justo se me ocurrió releer esto hoy, qué bonito eso que contás. Y sí que es para sentir un nudo en la garganta…

    Besos emocionados

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