CALOR, COLOR Y… VIDA.
Me derrito; anegada en sudor experimento la crudeza de este clima extremo. El sol preside el cielo y tiraniza con su calor nuestras pequeñas vidas cotidianas.
No es posible la huida, no hay escondite… El fuego abrasador que desprende el cielo nos busca, nos persigue, nos atrapa allá donde estemos.
En cada gota de sudor que exudan nuestros cuerpos se hace patente la vida que nos adorna; nuestra naturaleza acuosa se nos muestra en todo su esplendor. Somos cuerpo, somos agua, y sudamos; porque estamos vivos…
El sol que todo lo preside nos muestra también los infinitos matices del color que engalana nuestra vida. Nuestro mundo es un arcoiris, no un daguerrotipo en blanco y negro. Si hay sol, hay color; y si hay color, hay vida…
Acuarela, Rosario Flores.
”En los mapas del cielo el sol siempre es amarillo
y la lluvia o las nubes no pueden velar tanto brillo,
ni los árboles nunca podrán ocultar el camino
de su luz hacia el bosque profundo de nuestro destino.
Esa hierba tan verde se ve como un manto lejano
que no puede escapar,
que se puede alcanzar sólo con volar.
Siete mares he surcado,
siete mares color azul;
yo soy nave, voy navegando,
y mi vela eres tú.
Bajo el agua veo peces de colores;
van donde quieren, no los mandas tú.
Por el cielo va cruzando,
por el cielo color azul,
un avión que vuela alto,
diez mil metros de altitud.
Desde tierra lo saludan con la mano,
se va alejando:
-no se dónde va,
no se dónde va…
Sobre un tramo de vía, cruzando un paisaje de ensueño,
en un tren que me lleva de nuevo a ser muy pequeño.
De una América a otra tan solo es cuestión de un segundo,
basta con desearlo y podrás recorrer todo el mundo.
Un muchacho que trepa, que trepa a lo alto de un muro;
si se siente seguro verá su futuro con claridad.
Y el futuro es una nave que por el tiempo volará
a Saturno; después de Marte
nadie sabe dónde llegará.
Si le ves venir,
si te trae amores, no te los roben; sin apurar
aprovecha los mejores que después no volverán.
La esperanza jamás se pierde,
los malos tiempos pasarán.
Piensa que el futuro es una acuarela y tu vida un lienzo que colorear,
que colorear.
En los mapas del cielo el sol siempre es amarillo
(tú lo pintarás)
y la lluvia o las nubes no pueden velar tanto brillo.
(tú lo pintarás)
Basta con desearlo y podrás recorrer todo el mundo.
(Tú lo pintaras)”
RELATO: “HIJO DE PUTA”
Tirada en el suelo, encogida, en un intento de proteger su vientre, escuchó el portazo. Un golpe fuerte, resonante. Tras él, silencio, sólo silencio. Después, el mundo empezó a desmoronarse como un castillo de naipes, inexorable e inevitablemente. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, recorriendo sus pómulos amoratados, cayendo al suelo. Lágrimas tímidas primero, en la inconsciencia. Mas, una vez hubo comprendido el significado de la última hora, el llanto estalló, silencioso, pero abundante, al tiempo que, temerosa, susurraba débilmente: “Mi niño no, por favor, por favor.” Una profunda herida se abrió en su pecho salvajemente, una herida de bordes rasgados, irregulares e inflamados, un agujero en su alma, que sólo el tiempo podría llega a cerrar algún día y que, hasta ese momento, se reabriría impredeciblemente para ahogarla en el dolor del recuerdo, de la pérdida. “Mi hijo no, por favor”, clamaba desesperadamente. Un rayo de furia recorrió su cuerpo, traspasó sus venas y erizó su vello, mientras pensaba en ese hijo de puta que la pegaba, en ese hijo de puta borracho que amargaba cada día de su vida. Furia que pedía venganza, necesitaba venganza. Mas, un instante después, la determinación huyó de su cuerpo como gato huye de un perro. Algo, no se sabe qué, borró su furia y le infundió una extraña tranquilidad y conformidad. Casi inerte, poco a poco, se levantó. En el silencio de su tragedia, comenzó a barrer los restos de la injusticia. Apenas sintió dolor, ni si quiera tristeza, cuando, sentada en el baño, el agua se llevó a la oscuridad de las alcantarillas el fruto de su vientre. Vacía, indiferente, resignada, volvió al salón y se concentró en su tarea, olvidando para siempre que el que algún día pudo ser su hijo acababa de desaparecer por el retrete.
Este texto está escrito por un joven de dieciocho años- mi hijo mayor-; me parece alucinante que un muchacho se pueda ni tan siquiera aproximar a lo que puede sentir una mujer víctima de una situación tan demoledora.
Imagen extraída del diario “El País”, http://www.elpais.com/fotogaleria/dibujos/ninos/maltratados/5455-9/elpgal/

